La película del domingo por la tarde

Quién hablará de nosotras cuando hayamos muerto, se preguntaba la chica del pelo azul. Átame a tus recuerdos, matador, fugaz el tiempo que nos recorre. También la lluvia se llevó parte de mi, la inocencia y la flor de mi secreto. Los amantes del círculo polar caminan en zigzag, no quieren perderse entre el viento, no deben volver. Mar adentro continúan los afectos que golpean huecos como perlas de escarcha. Mátame suavemente y el viaje a ninguna parte no será tan aciago. Tras el cristal, Viridiana me observa pero yo no me encuentro en la piel que habito. El silencio, de los corderos, me delata.

Una cabezadita

《¿Qué tenemos aquí? Un recordatorio de estar vivo, un aviso de la próxima película que se proyectará en tu vida y que, a ésa, le seguirán muchas más. Así que, relajate y disfruta…》

Qué dulce había sido la cabezadita que había echado después de comer. El plato de guisantes hervidos y la lata de sardinas bien se merecían un reposo. Había conseguido frenar el balanceo de su cabeza al topar con el cojín de pana que tenía a su izquierda y encajando el codo entre su propio costado y el sofá, voló a tierras lejanas. El despertar también fue placentero, le esperaba un sabroso membrillo casero que Anselmo, antiguo portero de la finca y actualmente jubilado supervisor de obras en activo, le había traído de su pueblo en la última visita a la comunidad.

Ya se disponía Ole a iniciar los preparativos de la merienda cuando avistó de soslayo una marca desconocida en su cara reflejada en el espejo del pasillo. Una arruga vertical le cruzaba la cara y le daba un toque algo siniestro, como de bucanero curtido.

《¡Oh, tiempo que resbalas y escapas entre mis sueños! Pareces estar a nuestra disposición, pero realmente estamos a tu merced y para recordar tu amargo abrazo dejas huella en la piel como el mar en las piedras… 》