Olegario ha sentido una gotita de sol atravesar las cortinas. Y digo una gotita, porque Olegario está estos días un poco pasado por agua. Tiene ganas de llorar, pero no puede, porque los hombres tienen que contener las lágrimas. Entonces todo lo ve acuoso, como pasado por un líquido viscoso. Las cosas tienen un velo de lluvia.

Esa gotita de sol ha hecho que abra medio ojo y que piense que ya es hora de ir levantándose.

Además, Margarita le ha dicho que un buen vaso de agua con zumo de limón en ayunas (esta Margarita. ¡Limón en ayunas!!! Está loca) le hará mucho bien, porque limpia por dentro. Y como no tiene nada que perder, ha comprado unos limones y va a hacer el experimento. Ya tiene un motivo por el cual salir de la cama a ese incipiente otoño. Porque necesita un motivo cada mañana. Tiene que esforzarse, apretar las mandíbulas, poner las manos a cada lado de la cabeza y pensar intensamente. Si no, no encuentra motivos para comenzar el día.

Por ahora, ha establecido un código secreto que hace que haya dos tipos de día: el par y el impar. Aún no sabe muy bien qué significa, pero al menos le entretiene. Puede agrupar los días pares, los impares, y luego comparar si hay algunos mejor que otros, y qué tienen los pares que no tengan los impares. Aún no ha llegado a una conclusión que pueda decirse inteligente, pero le sirve para intentar comprender los días.

Últimamente, Ole duerme como una marmota. O como un bicho-bola. Enrollado en la cama, bien tapado, se sumerge en el sopor durante la noche y buena parte de la mañana. Hay que decir que por las noches no encuentra el sueño, y las primeras horas de la madrugada las pasa haciendo anotaciones, buscando posibles huecos donde encajar, apuntando ideas geniales que bajo la luz del día pierden todo su peso y ¡Plof! caen como moscas en toño, pesadas y agonizantes. Esas noches Ole las conoce bien. Primero piensa que esta vez va a conseguir dormirse pronto. Después de cincuenta y una vueltas en la cama, cuando ya parece una momia con las sábanas alrededor del cuerpo, confundidas con la manta y el edredón, emplea diez minutos en deshacerse de los ropajes como si fuera un salchichón al que se le va quitando la piel. Ahora, libre de las garras de la cama, se siente libre otra vez, y comienza sus andanzas por el territorio de lo inexplorado durante el día: las oportunidades.

Por la noche, cree más en sí mismo, se siente más libre, más despierto e incluso más inteligente. Por fin, es él mismo. Fuera de los ojos de su madre, de Margarita, de los vecinos que parecen compadecerle por estar sin un “trabajo decente”. Y entonces se recompone y se rehace poco a poco, y empiezan a surgirle las ideas como moscas, pero esta vez, como las moscas de verano, insistentes, fuertes y revoltosas.

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