Hoy Olegario se ha levantado, ha mirado por la ventana, se ha rascasdo la incipiente calva y ha guiñado los ojos con pereza, pero una pereza estudiada, con mohín. Ha mordido un trozo de pan viejo en el frigorífico, ha escupido unas miagajas en la pila de la cocina sobre los restos de pepitas de sandía (su cena de la noche anterior) y ha tomado un trago de naranjada sin gas que sobró del cumpleaños de su sobrino. Ya lo celebraron hace más de tres semanas. Puagh. Se ha rascado un sobaco, y ha vuelto la cama.

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