Como siempre, Olegario llega con retraso a todo, hasta a los días de mala suerte. Que son muy parecidos a los días de mala muerte, pero con más gritos y malentendidos. Porque los días de mala muerte son, simplemente, mortíferos, moribundos, como mortajas que le cubren a uno por entero y le asfixian. Así son la mayoría de los días de Olegario. Y de otros muchos. Pero como su nombre ya adelanta, los días “de mala muerte” en realidad son unos días muy callados y soporíferos.

Pero vamos a ver en qué consiste esta vez el día de mala suerte, con retraso, del pobre Olegario.

Hoy, día 15 de septiembre, jueves, todo ha acontencido igualito que en un buen Martes y 13 que se precie. El martes 13 de septiembre que ya pasó. Hoy, con dos días de retraso, ha discutido con todo el mundo. Y cuando digo “todo el mundo”, es todo-todito. Sin quedar ni un sólo ser vivo que no le haya increpado. Su gato le ha maullado muy desagradablemente para comenzar el día. Un gran charco de pipí le ha dado la bienvenida junto con un gruñido de Leo, su perro: “O lo limpias, o te muerdo”, ha querido decir en realidad. Y como Olegario, que aunque parece muy burro, tiene un gran sentido animal, es decir, tiene una especie de sexto sentido para los animales, le ha entendido a la perfección. Y lo ha limpiado rápidamente con una de esas servilletas de papel súper absorbentes que salen en la tele. Cortesía de su madre, que no se atreve a darle más consejos ni a comprarle más productos de limpieza, porque Olegario se pone primero rojo, después amarillo, después verde y acaba el hombre pareciendo un arcoiris. Total, que su madre, que es como una gallina de esas bien gorda que esconde bajo el ala a los polluelos, se lo ha hecho llegar a través de Margarita, que sabe cómo tratarle, al pobre.

Así que, después de discutir con el perro, el gato, Margarita, la señora de la tienda de abajo, el portero, su madre, su abuela, el quiosquero (que ya no le fía más para la colección de cromos, ni para la de discos de los años 70, ni para la de maquetas de súper aviones de la guerra mundial, ni para la de soldaditos, ni para nada de nada); con el autobusero, el de la oficina del paro, el del paso de cebra que casi le atropella… sólo le queda como consuelo una gran onza de chocolate que tiene escondida debajo del bote de arroz, para que nadie conozca su secreto vicio. ¡Pobre Olegario! Porque ha escuchado por la tele que eso de comer chocolate por las noches es más bien de mujeres, ¡pobres también ellas!, piensa Olegario, que se vuelven locas con las hormonas (como su gato Gattone),  y que lo mismo están locas de amor que faltas de él, o con exceso de ansiedad, o quién sabe qué. Y no quiere que se rían de él. Y, sobre todo, no quiere quedarse sin esa sensación tan rica de masticar el chocolate junto con una galleta maría, como cuando era pequeño y no tenía las preocupaciones que hoy tiene.

¡Pobre Olegario! Buenas noches, Ole.

Anuncios