…no morir en el intento.

– ¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre! – qué peliculón, pensaba Ole mientras mordisqueaba unas almendras garrapiñadas que sobraron de las navidades. – Y ese galán, cómo le miran las mujeres, qué porte, qué talento – Así que, sin perder más tiempo, excepto el necesario para relamer la útima almendra y dejarla en su caja, sale raudo y veloz, es decir, dando un agradable paseo matinal, dispuesto a dejarse un bigotito a lo “Clar Gueibol”.

– Vaya, la barbería del señor Tino, “entre aquí, que afeito fino” está cerrada por depresión – Los hombres de hoy en día prefieren las maquinilas eléctricas que les dejan la piel lisa, suave, cuál mejillas de mujer, puaaaf, y se acerca hasta una tienda del todo a 1€, que por uno más te afeitan el bigoteo y te cortan las uñas de los pies. Sin embargo, ese día la navaja nueva se hallaba de vacaciones así que en menos de lo que un grillo dice “gri” Ole está lleno de cortes y pequeñas gotas de sangre desfilan por su barbilla a modo de lágrimas.

-Vaya, hombre, qué destrozo!- Pero Ole no se irá a su casa sin un reluciente mostacho. En la tienda hay montones de barbas y bigotes para mendigos de pega o papas Noel en paro.

-“Scarlett, bésame. Bésame, una vez”-

Anuncios