Tenía buena pinta y no había otro postre en la nevera. “Si el ministerio de Sanidad dice que ya no caducan… será verdad”

La primera cucharada le supo a frutos de color indefinido, a pesar de poner “rojos” en la etiqueta, pero no fue suficiente para dejarlo a medias. Después de rebañar el envase del yogur afortunado, Ole se sentó en el sillón a reposar la comida. Hora y media más tarde, en mitad de un sueño en el que disfrutaba de un buen baño en una playa de Gandía, sintió un calor excesivo, incluso para ese clima. Le despertó un sudor frío que le recorría toda su anatomía, bajando desde su escaso flequillo hasta las corvas de las piernas.

“Uff… qué calor y qué retortijones… ¿será el café solo que me tomé en el desayuno?”

Pobre hombre, se había hecho la idea de pasar la tarde en un banco al sol con vistas a la plaza, pero ese momento tardaría en llegar…

Después de pasar el mal rato, salió del baño con porte triunfal pero con la flojera típica de un jamelgo. “Lo mismo no es cierto todo lo que dicen en la tele..” A pesar de los ronroneos intestinales que le acompañaron toda la tarde Ole hizo acopio de su fuerza interior y bajo a la calle a darse una vuelta y despejarse. Durante el trayecto reparó en un establecimiento nuevo y en su anuncio, “Yogures helados de todos los sabores, elija el suyo y le sabrá a mil amores”.

Dubitativo, entró a echar un vistazo al mostrador y acabó decidiéndose por una tarrina mediana de chocolate, que se tomó sentado en el parque mientras veía a los muchachos jugar a la petanca.

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