Sábado por la mañana. Suena el despertador-radio, regalo de reyes de la abuela antes de morir atragantada con un polvorón, y, como no, ponen el último hit de moda, que siempre, aunque no lo esperes, es una canción de amor…

De repente, palabras inesperadas y aún noctámbulas, se agolpan en el cabezón de Ole y, a duras penas, encuentra un trozo de papel, tendrá que ser higiénico, y un bolígrafo en buen estado para ponerlas en orden:

“Gotas de saliva, heladas, se atropellan en mi garganta para que mi lengua fluya y las palabras salgan. Hoy, estuve un poco más cerca de rozar tu mano. Y, sin embargo, sé que lo sabes.”

Con el corazón envalentonado pero aún en bata, sale corriendo a la calle dispuesto a dejar el poema en el buzón más cercano.

Tal es su prisa y su inquietud, que tropieza con Lola, su vecina jubilada del tercero, enamorada de Miguel Bosé y de los videos de Jane Fonda. Tras el intercambio de objetos tirados después del percance, véase, bolsa de la compra, poema, ¿bolígrafo con la cabeza de batman?, el trozo de papel va a parar a la bolsa de Lola.

“Aaay, Margarita, mi Margarita”, piensa Ole, mientras paladea las natillas que le acaba de subir su vecina.

 

 

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