Pero…

…debía de ser cauto. Una palabra de más, un guiño de menos y resultaría sospechoso que un cliente de toda la vida sacara sus ahorros al completo de la noche a la mañana. Pondría en juego todo su encanto viril, a la par que esperpéntico,  para camelar a doña Carmen, directora de la oficina bancaria, y de este modo, trasladar su escasa pecunia a un nuevo hogar, mucho más cálido y seguro, esto es, bajo el colchón de la abuela Teodora, que si bien lleva muerta 10 años su espíritu siempre se aparece los domingos para ir al bingo.

Una sonrisa de villano de serie B se apoderó del rostro de Ole mientras se arreglaba en el espejo su bigotito a lo “Clar Gueibol”. Loción de afeitado Floid y un poco de papel higiénico para los cortes, huella inequívoca del brío varonil. Su chaqueta de los domingos y una ceja arqueada tal como aprendió en una de tantas películas en blanco y negro.

Hace sol, el aroma de la tarde se cuela entre los pliegues de la camisa que, a pesar de los sudores continuos, aún se siente limpia. Unos chiquillos juegan en el parque despreocupados y a su lado, un pequeño puesto de flores. Decide comprar una, en los anuncios de perfume nunca falla y hoy no es un día para cometer errores.

Siente el aliento cada vez más contenido y grave, ha llegado la hora. Mira al frente, aprieta las pantorrillas y empuja con firmeza la puerta que le abrirá los senderos del ahorro. Sin apenas prestar atención a su alrededor camina, ensayando mentalmente su discurso escuchado en alguna serie de televisión, y se sienta en la silla de cliente de la mesa de doña Carmen pero…

– Disculpe, la directora está de vacaciones, seré yo quién le atienda, por cierto, me llamo Rodolfo.

Ahora  el dinero de Ole sigue en el banco sujeto a productos financieros que le impedirán sacarlo en los próximos 50 años pero, qué supone un poco de dinero perdido frente a la ilusión de recibir cada mañana una flor…

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