– “Buenos días, señora Wallace, o puedo llamarla Margarita?”

– “Claro, Ole, hace tanto tiempo que nadie me llama por mi nombre de pila.”

– “Le apetecería ir a tomar un helado de limón a la hamburguesería del señor Paco?”

– “Por supuesto, me encantan las emociones fuertes.”

– “Sabes, a veces, no sé de qué hablar con las mujeres, así que prefiero callar y pensar en mis cosas.”

– “Buuuf, pues a mi el silencio se me hace absolutamente insoportable. Prefiero hablar y hablar aunque no tenga mucho sentido. No hay nada más triste que dos personas jóvenes, sentadas la una frente a la otra sin nada que decirse. La vida es tan breve que está hecha sólo para reir aunque sea de la cosa más nimia, injusta o incluso infame. ”

– “Vaya, eres tan locuaz y yo, sin embargo…”

– “Discúlpame un momento, voy a empolvarme la nariz.”

Margarita Wallace entra con paso firme en el discreto tocador de señoras pero un escalofrío viscoso resbala y cae por su bella espalda al abrir la puerta. Es una mezcla de odio y compasión ante una sociedad roída por el vicio y la inmediatez.

– “Quieres un poco, guapa?”

– “No, no…tengo que salir de aquí.”

Aunque algo turbada y triste vuelve junto a Ole, justo a tiempo para el concurso de baile.

– “Por qué no nos apuntamos?”

– “Es que…yo…lo único que bailo bien es la jota zaragozana y el baile típico de mi pueblo, pero es tan humilde y sencillo que ni siquiera tiene nombre.”

– “Vamos, hombre, que me apetece mover un poco el esqueleto.”

– “Damas y caballeros, ha llegado el momento que todos estábamos esperando, la hamburguesería Paco presenta su tradicional concurso de baila cómo puedas.”

– “Prepara tus zapatos muñeco, esto no ha hecho más que empezar.”

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