En el basurero de palabras perdidas y amantes de palomas abandonados, se vieron por primera vez.
 
Una vez fueron la misma cosa pero, un día de lluvia, su carne de mujer se separó de la piedra y su rostro y sus venas se volvieron de fría estatua.
 
Un extraño regusto a óxido y cartones les llevó a leer poemas de amor juntos, en la calle, sucia…
 
El silencio es el lenguaje de los sosegados, de los que dejan pasar el tiempo en vano, rozando el placer tranquilo de la pereza, el abandono.
 
En el tiempo de los reflejos ella quería sentir el frío y un permanecer eterno.
 
Se encontraban todos los días a las ocho y diez, la hora en que las palomas picotean las últimas horas del olvido.
 
No se moverán nunca. El laberinto de las calles y sus vidas acaba en cualquier esquina.
 
Un caballero manchado de tinta y una princesa rota que, siendo muy niña, perdió su calor y gran parte de su color. Así les puedes ver, siempre.
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