La mancha en la pared la observa. Quizás, duerme en sus pensamientos la princesa de tinta (china).
Pero es tiempo de apagar y encender la luz rota, que yace en el desconchón, todavía caliente…
Tres de la tarde. Han caído los muros con entusiasmo. Vemos a la princesa, entre los escombros amoratados, sonreír para las noticias de las cinco.
No mide menos de 2 kilos, seis colores y media cara de póquer. Aunque su aliento, en las noches grises, puede alcanzar Marruecos.
Frío, calor, otra vez frío. Durmiendo en la pared, hasta las manchas se vuelven gélidas.
Aquella noche paseaba por la plaza y, entre bostezos, planeé tumbarme allí, en la cama pintada de tiza.
Así, junto a mi lámpara de pared, puedo observar todos los sueños de la ciudad.
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