Hay veces que se hace necesario definir la muerte, en cuanto a términos y condiciones, para que luego, no haya sorpresas de última hora, y esta se presente en un formato indebido. No es que sea trascendental pero sí algo molesto. Es por eso, que en esta somnolienta mañana de domingo, al olor de unos jureles y un buen vermut de barril, Ole se sienta en la terraza con su bolígrafo de rellenar quinielas y comienza a escribir, solemne, las claúsulas en las que debe tomarle la blanca dama:

“A quién proceda,

Quiero morir en medio de una explosión musical. Puede ser una canción de los Beatles o de un buen rock alternativo, con acordes de guitarra al final. Quiero un estallido violento, para que todo sea rápido e intenso. Las fibras de mi cuerpo se separaran de mi en un baile encadenado de rojo y sabor salado, gritos de despedida y júbilo que las harán volar por los aires, libres al fin. Entonces, quedarán mis huesos, blancos como la espuma que,  una vez desprendidas las carnes, en perfecta sincronía y ritmo no-vital, se disolverán provocando una llovizna blanca, pequeña nevada osea, que cubrirá con gracia, las letras de la canción. Y así, rojo, blanco y música, quizás azul? se elevarán un poquito, para ver el mar desde arriba y dejarse llevar alegres por los vientos costeros.

 

Firmado, Olegario,

su fiel servidor.”

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