En el jardín de un suponer se desarrolla el destino de una masa que, aun siendo crítica, a veces es neutra. La mujer sesenteañera de pamela azul mira hacia la cornisa y continúa su camino. El grupo de chavales que se cruza con ella, intrigado, eleva la mirada curiosa. En la cera de enfrente, sentados en la terraza de ” La Pájara Pinta”, observan los novios la escena y, sin mediar palabra, siguen la misma trayectoria hasta alcanzar el punto. Y así, hasta llegar al centésimo mono, el chapitel vive sus horas más radiantes, protagonista en una tarde de martes estival.

Comiendo un cono de nata y fresa pasea Ole por la calle. Hubiera preferido uno de esos helados al corte de tres sabores, pero se ve que ya han pasado al cajón de los grandes olvidados, junto a la armónica del afilador y a los supertacañones. Como es agradecido por naturaleza ( eso piensa él; la verdad es que no había más comercios cerca en muchos metros a la redonda y ante la disyuntiva de andarlos o comerse ese heladito fino que le ofrece el tendero con la mejor de sus sonrisas, decide complacerle y comerse el cono, que siempre es una apuesta segura ) disfruta del manjar mientras se acerca caminando a un grupo de gente que de forma escalonada mira hacia el firmamento. Han descubierto una amalgama infinita de siluetas y figuras más allá de la moldura.

En ese preciso instante, cual heredero del mensaje de Emo, Ole dirige sus pupilas al cielo y allí, entre las nubes difusas encuentra la silueta de una diosa nimbada.

” Celaje prodigioso que nos regala formas e ilusiones. Encontramos dibujados en sus nubes nuestros anhelos, siempre. Y sus avatares, que evolucionan y se transforman, nos dicen: mientras haya un compás, baila.”

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