Júbilo para el espíritu son tus cálidas pupilas. Aliento de melodía, tu súbito silencio. Y en tu tibio semblante me refugio del gélido crepúsculo..

El frescor de la noche se colaba imbatible por un resquicio de la ventana; a cada rato volviéndose más intenso, y Ole no hallaba la manera de conciliar el sueño. En estado de duermevela sentía como si la nieve le cayera en el rostro en medio de una estepa siberiana. Quizá la frugalidad de la cena no estaba ayudando a mantenerse en buena temperatura, al fin y al cabo un trozo de membrillo y dos higos chumbos no es el ideal de festín. Intentó acortar la distancia que separaba las rodillas del pecho, pero a pesar de aquel contorsionismo seguía teniendo frío. Y finalmente, como una revelación divina, comprendió la situación crítica en su conjunto.

… mi amor, mi sirena, mi tesoro más preciado. Me obnubilo viendo tu cuerpo sereno yaciendo a mi lado, inocente y evocador, enroscado entre manta y sábana, como una crisálida a punto de abrirse…

Y así, con la parsimonia con la que sus manos podían ejecutar la tarea, recuperó la porción perdida tirando del tejido hacia sí, cubrió su organismo y se dejó transportar a una deliciosa sesión de bailoteo en una playa de Benidorm.

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