robot Gritaste añicos de silicio frente a tu jaula de cristal. No podías más.

Les observabas cada mañana, a través de la deliciosa ventana fría. Caminaban inertes pero rápidos, muertos, solos. Sus ojos y labios pintados denotaban su pertenencia a una tribu primigenia, que amenazaba con masacrarse a golpes de soledad. A veces, te miraban furibundos, intentando masticar el cristal que os separa para engullirte con saña. Dolor, dientes empapados en café. No hubieran dejado ni un tornillo, ni una sola de tus fibras, ellos no pueden contenerse. Su sangre caliente les convierte en caníbales de sus propios huesos.

Si tan siquiera uno te hubiera mirado con compasión, te habrías quedado para siempre, aletargada, tímida, bajo la luz de estos espejos.

Pero aquella mañana, “labios rojos” te miró de frente y vomitó a destiempo un billete azul. Desprecio.

-Tuve que hacerlo, tanto les había observado a través de mi dulce cristal esmerilado, que me había convertido en uno de ellos. La devoré.

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