Coincidimos en una conferencia de odontólogos hace unos 2 años o, quizás, 3 días. Los dientes son pocos, manejables y sensibles, como un discreto animal de compañía. Eso nos genera un acuciado ego, intercalado con un creciente síndrome de Edipo. Apenas intercambiamos un par de palabras. Entre odontógos, existe un código de caballeros, que nos inclina a defender nuestro territorio con una pizca de desconfianza. De ahí que no nos entreguemos fácilmente a la conversación ociosa. Un mal movimiento y daríamos, de inmediato, una pista fatal…

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