Corría el año 1883 y corría más rápido que otros años. Tenía planeado pasar la primavera con la tía Adela. Había desarrollado repentinamente una alergia a la tiza que no me permitía terminar el curso sin sufrir episodios agudos de asma, principalmente en la clase de lengua. Abril llegó y con él, el cambio de aires que habían programado para el mí.

Recuerdo cuando la vi por primera vez… Íbamos a celebrar el cumpleaños del primo Gines y esa ocasión merecía cuarto y mitad de pasteles con algún que otro buñuelo para contentar al abuelo, que estaba achacoso y bastante nostálgico  desde hacía tiempo.

Dos trenzas con lazo blanco roto en las puntas, camisa beige y falda verde cubriendo ligeramente las rodillas. Nos miramos curiosos, con la mirada de quien descubre un lugar que en el fondo le es familiar.

-¡ Margarita! Vamos, que perdemos el tranvía y nos esperan en casa.

Margarita… No volví a verla, pero entonces entendí que no importaba lo rápido que corriera el tiempo. Antes o después nos encontraríamos de nuevo, en otro lugar, en otra época…

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